Ocurre a veces que, por una conjunción de circunstancias, un viaje, uno se encuentra en una isla. Se ha querido soltar amarras, hacerse a la mar y, al menos por un tiempo, cortar con el mundo. Se ha dejado atrás el gran continente, su entramado de fronteras y redes, sus sociedades demasiado ocupadas, mezcladas, habladoras, el ruido de sus disputas incesantes. Uno se ha aislado, literalmente.

En una isla, el mundo, de pronto, adquiere proporciones conmensurables. Se vuelve posible pensar un final y un comienzo: el infinito ya no inquieta. Se olvida a Pascal y sus complejas preocupaciones de filósofo. Una relación con nuestro propio cuerpo, también claramente delimitado en el espacio, puede por fin establecerse. Además, los recursos son limitados, el agua, la comida, y se aprende a vivir de manera más austera. Se aprecian mejor los placeres inmediatos: el gusto y el color de las cosas. Todo ello hace que se duerma un sueño profundo y tranquilo.

© Adrien Thibault & Iota Studios, 2026

Evidentemente, hay islas tan pequeñas que se puede abarcar toda su circunferencia de un solo vistazo. El Mont-Saint-Michel, por ejemplo, de alguna manera, cuando sube la marea. El Pan de Azúcar, la Île aux Bénitiers, en algún lugar del océano Índico. Otras, por el contrario, son tan grandes que incluso se olvida que son islas: Córcega o Sicilia, La Reunión o Hong Kong. Basta con tomar un poco de altura, un edificio, una colina, y enseguida aparece el mar, la frontera tranquilizadora que traza en el horizonte. Se puede ver el sol salir y ponerse, todo su recorrido en el cielo. Otras, en fin, solo son islas de nombre: Rhode Island, en Estados Unidos, no lo es en el sentido geográfico del término, como tampoco lo es esa “Nueva” Inglaterra donde se encuentra. Pero poco importa.

Y el espíritu de los habitantes de una isla, es lógico, tiene algo de “insular”. Es decir, está marcado por una preocupación por la independencia, cierto carácter huraño. Un rasgo muy particular lo distingue del de los habitantes del continente, y generalmente quieren que se sepa. Eso no les impide en absoluto ser acogedores. Simplemente saben quiénes son. Conocen sus límites.

A su vez, podría decirse que allí donde se encuentra esta sabiduría, toda cosa, toda idea, todo lugar o todo tiempo marcado por ese espíritu tiene derecho a ser considerado como una isla. Un espacio de aislamiento, un refugio finalmente a la medida de ese yo que busca reencontrar un camino que le convenga en el inmenso universo, un marco más definido donde pueda desplegarse.

© Adrien Thibault & Iota Studios, 2026

El taller de Lucas Talbotier, allí donde se instala, es para mí una especie de isla. En estos momentos, formidables plantas exóticas que cultiva en macetas conviven, junto a una gran ventana, con las altas torres del barrio de La Défense y las extensiones minerales de la periferia parisina a sus pies. Sus pequeñas telas, alineadas horizontalmente sobre el muro que da frente a este paisaje, forman a su vez un curioso archipiélago donde los paseos, los sentimientos, todo el amor que el pintor ha conservado por los lugares y las personas, así como por la obra de algunos artistas que lo precedieron, toman los colores y las formas de una gramática que él se empeña en precisar durante meses.

Es el recuerdo de una caminata en el bosque, o el calor y la sal de un baño en el mar. Es, en algún lugar junto a un acantilado, una cavidad en la roca donde las olas se precipitan, hierven y estallan en mil gotas blancas. El cansancio y la excitación de un viaje por África, la textura de pinturas rupestres que todos han olvidado; de una vida en Asia también desaparecida en los pliegues de la memoria; de un semestre en América donde hubo que aprender en inglés. Un sendero que es también la línea de un cuadro de Hollander. La silueta de un árbol que ya no es un árbol, que no es más que pintura. El placer y la emoción desnuda que Lucas experimenta al reencontrar la huella que esos momentos y esas cosas han dejado en su vida, como bellos islotes de color.