Installation view of "Pactos con sombras y fantasmas" featuring works by Antonio Imedio and Felipe Barreiro Carvajal at Galerie Hugo Dufon, Bogotá.

Antonio Imedio
& Felipe Barreiro

Pactos con sombras y fantasmas

July 11 – Sept 12 , 2026
Bogotá

text by William Contreras, curator

El ruido sordo de unas cerezas rodando sobre una mesa. La sensación tibia de un cuerpo que acaba de abandonar la cama. Alguien moviéndose detrás de una puerta. La certeza de algo que no alcanzamos a ver, pero intuimos por una sombra, un sonido o una variación casi imperceptible de la luz. No son apariciones extraordinarias, y sin embargo, parecieran rebasar las certezas comunes.

La pintura ha sido útil para dar forma a esa incertidumbre, no traduce con fidelidad el mundo, pero acompaña al espectador ampliando su mirada, su entrega a la percepción. Frente a una pintura siempre debemos mirar de nuevo: escuchar con los ojos, tocar con la mirada, reconocer texturas que pertenecen tanto a la memoria como a la materia. La imagen pictórica propone una experiencia que no termina en lo visible; pues aunque todo entre por los ojos, un fragmento importante subyace intuido, difícil de comprobar: Ligeras diferencias tonales, mínimas decisiones, el aparente caos de una composición arriesgada que sin embargo se sostiene con solidez.

nstallation view of Pactos con sombras y fantasmas at Galerie Hugo Dufon, Bogotá, featuring works by Antonio Imedio and Felipe Barreiro Carvajal.

La pintura es también una conversación entre tiempos. Cada cuadro contiene las huellas de los otros, alimentándose de la historia del arte para ser concebido y permitiendo a futuro que la historia del arte continúe su desarrollo. Así mismo, quien pinta juega en lances de ciego, arrojando un gesto que ha sido llamado por el gesto anterior, preocupándose por saber cuándo parar, para que sus esfuerzos no queden enterrados bajo empastes de poco interés. Será por esto que la historia de la pintura no avanza en línea recta, sino vuelve una y otra vez sobre las mismas inquietudes, transformándose sin agotarlas como si su labor fuera mantenerse en bucle para no dejarnos atrás. En ese sentido, la obra de Antonio Imedio y Felipe Barreiro participa de una conversación mucho más amplia que la de una generación de artistas o un contexto geográfico específico.

En una de las pinturas de Antonio, la sombra de lo que semeja ser un muchacho parece descubrir su propio cuerpo, mientras una figura masculina desnuda ocupa la parte superior de la composición. No sabemos si duerme, descansa, posa o fantasea, pues la parte inferior de la anécdota rebasa el borde de la tela. Tampoco conocemos la relación entre ambos personajes, pero la mirada baja del protagonista refiere a un acto velado, por fuera de nuestro conocimiento. A todas luces, la fuerza de la imagen recae en esta incertidumbre.

Installation view of "Pactos con sombras y fantasmas" featuring works by Antonio Imedio and Felipe Barreiro Carvajal at Galerie Hugo Dufon, Bogotá.

La pintura está inspirada en Mujer en el baño de Pierre Bonnard, un retrato de su esposa Marthe donde el cuerpo de la modelo aparece fragmentado, reflejado en el espejo, haciendo que la mirada nunca consiga apropiarse completamente de él. En ambas pinturas espiamos a una identidad opaca, a un cuerpo velado, a un ideal sobrepuesto que desde su reclinamiento y erotismo yace con indiferencia al fondo de la escena. Y por lo anterior, podríamos pensar que Antonio no cita simplemente a Bonnard, sino además continúa una pregunta pictórica que permanece abierta desde hace más de un siglo, una pregunta por el cuerpo, la intimidad, y el reflejo.

Una pequeña pintura de una cama destendida, sobre la que reposan dos frutos en apariencia abandonados, nos muestra al mueble como un escenario silencioso de los afectos. Allí se condensan el deseo y el sueño, en la memoria de los cuerpos que han dejado su impronta sobre las sábanas replegadas. Otro lienzo, que en un principio parece una composición abstracta, tras una mirada atenta se revela como un acercamiento extremo al cuero cabelludo de una mujer peinándose. En varias de sus pinturas, Antonio parece revisar la posición privilegiada del pintor como observador. Su mirada se desliza curiosa e inusual, en un erotismo de la observación atenta, habita la distancia mínima entre quien mira y un cuerpo que nunca termina de entregarse por completo al retrato.

Hay un desplazamiento de la mirada que también recorre la obra de Felipe Barreiro, quien usa medios secos normalmente asociados al dibujo, pero con una aproximación evidentemente pictórica. Sus paisajes realizados con la enérgica inmediatez del pastel, registran urgencia por conservar la experiencia antes de que el tiempo la diluya. Algunos de sus temas, taciturnos sin dejar de ser dramáticos, se empapan con una sensación atmosférica que numerosas capas y delicados juegos tonales otorgan a las piezas. Dichos temas se emparentan muy de cerca con dos referentes aparentemente disímiles, como lo son la cinematografía y el romanticismo alemán. Temas que, a pesar de su aparente distancia, guardan una profunda cercanía ideológica.

Installation view of Pactos con sombras y fantasmas at Galerie Hugo Dufon, Bogotá, featuring works by Antonio Imedio and Felipe Barreiro Carvajal.

El romanticismo transformó profundamente la función del paisaje como tema artístico, convirtiéndolo en un espacio de recogimiento, donde el mundo visible podría reflejar la vida íntima del sujeto. Dicha sensibilidad, sin embargo, ya no pertenece exclusivamente a la pintura. La fotografía y, sobre todo, el cine, incorporaron esa manera de mirar hasta convertirla en una gramática compartida de la introspección. Hoy reconocemos determinados paisajes, ciertas atmósferas o ciertas figuras solitarias como imágenes de contemplación porque forman parte de una memoria visual colectiva, y Felipe trabaja precisamente desde esa condición contemporánea. Parece ser que su investigación no intenta recuperar el romanticismo como una tradición estilística, sino que busca dialogar con un lenguaje visual enigmático, traído ya por la cinematografía al terreno de lo popular y reconocible.

Felipe works on an intimate scale, driven by a distinctive compulsion through which hundreds, even thousands, of moments are preserved within his archive of images, each recalling the quality of a snapshot. The construction of this vast and heterogeneous body of memories feels remarkably refreshing in the context of contemporary art, which has become increasingly accustomed to highly specific, academicized rhetorics and research-driven practices.

There is something fundamentally untamed in the artist’s approach: in his intuition, in his refusal to adopt a fixed position regarding the meaning of his work, and in the steadfastness with which he continues his practice, pursuing it with both intensity and meticulous care.

Antonio y Felipe eligen en muchas ocasiones escenas aparentemente ordinarias —una habitación, las nubes de una tormenta, un paisaje nocturno, o una cama vacía— , pero como imágenes son umbrales hacia preguntas sobre el deseo, la memoria, y el tiempo. Estas reflexiones no sólamente pertenecen al recogimiento y a la quietud, sino que pueden encontrarse también en la celebración, la fiesta y el desenfreno. En el baile y en la música como expresiones de subjetivación, momentos para construirse y empoderarse a través de la compañía. La pintura del trompetista de Antonio registra uno de estos instantes como verdaderos hitos de experiencia, en los que el gozo colectivo constituye otra de las formas del autodescubrimiento.

La simplicidad de los temas es trastocada por pequeños gestos y apariciones, los cuales tuercen la narrativa y nos llevan a preguntarnos sobre la historia subrepticia que no se nos comparte. Viendo fantasmas en el descampado y extraños levitando en la tormenta, nos damos cuenta que un personaje tácito y desconocido ocupa el lugar central en toda la muestra. No representa una ausencia, sino remarca un encuentro que no se ha terminado de dar. Conservando la forma de los cuerpos al perder sus rasgos particulares, la silueta deja de pertenecer exclusivamente a una persona y adquiere una condición arquetípica.

Teniendo en cuenta esto, podemos entender por qué sentimos a las sombras tan cerca de la idea de espíritu: no porque pertenezcan a un mundo sobrenatural, sino porque habitan el intervalo entre lo visible y lo ausente. Pintar una sombra supone intentar representar aquello que, por definición, resiste la sublimación de convertirse en una imagen completa.

Existe una ambición silenciosa que une el trabajo de ambos artistas, y es la confianza depositada en las posibilidades todavía abiertas de la pintura. Antonio Imedio y Felipe Barreiro continúan preguntándose sobre lo que puede hacer la imagen artística, que es probablemente algo que ningún otro lenguaje consigue hacer del mismo modo. Una pintura continúa ocurriendo mucho después de haber sido terminada. Las sombras, los cuerpos y los paisajes reunidos en esta exposición no buscan fijar un significado, sino mantener abierta una experiencia. En ellos todavía es posible sentir que alguien acaba de abandonar una habitación, que un paisaje puede devolvernos una parte desconocida de nosotros mismos, o que una sombra puede ser más diciente que un retrato hecho a luz plena.

Es allí, en ese espacio donde la percepción comienza a confundirse con la memoria, y dónde los tiempos se hacen un nudo, que la pintura persiste.

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